Eran las 14.15h cuando aterrizó mi avión en el aeropuerto internacional Princesa Juliana de Sint Marteen, denominación holandesa de la isla de St. Martin. Mi vuelo había salido nueve horas antes de París Charles deGaulle, donde yo había permanecido una hora y media en tránsito entre el vuelo de Madrid-Paris y ese en el que había cruzado el Atlántico. Las autoridades de inmigración holandesas, que en esta isla se rigen por leyes autónomas no siempre comunitarias, no admiten la entrada en la isla a extranjeros si no tienen billete de regreso, salvo que dispongan de una carta oficial de la naviera del barco en el que uno va a embarcarse. A la salida del aeropuerto de St. Martin me estaban esperando Ignacio y su mujer Susana, con quienes voy a navegar en el Vitamina durante las próximas semanas.
Lo primero que hemos hecho es dar una vuelta en coche por esta parte de la isla, empezando por la zona próxima al aeropuerto. En una playa junto a la cabecera de pista del aeropuerto se congregan muchas personas para ver de cerca el aterrizaje de aviones. Lo que suelen ver es la panza del avión, si la arena, que éste levanta en dicha playa al pasar a tan baja altura, no les impide esa visión. En internet hay multitud de vídeos colgados con esas imágenes.
Junto al aeropuerto está la laguna interior de la isla, a la que los barcos acceden a través de dos canales, uno en la zona francesa y otro en la holandesa. En ambos casos existen puentes levadizos que se abren un par de veces al día para que puedan pasar los veleros y grandes motoras.
A continuación nos hemos dirigido a Marigot, la capital de la parte francesa, en cuya rada esta fondeado el Vitamina. Allí hemos dado un pequeño paseo, antes de dirigirnos al muelle de dinghies donde estaba amarrado el auxiliar de nuestro barco.
La bahía de Marigot esta llena de barcos fondeados, a parte de los que estan amarrados en la marina que en aquella existe. A las 16.00 HRB embarcábamos en el catamarán, un 420, que yo ya conocía desde la travesía Jonico2015. En él nos esperaba Armando GO, un gran amigo de Ignacio, que lleva ya tres semanas a bordo. Tras bajar a mi camarote, situado a proa en el casco de estribor, lo primero ha sido estibar el contenido de mi bolsa de viaje. A mi me gusta colgar chaquetas y pantalones en el amplio pañol que existe en todo camarote, y dejar el resto de ropa y enseres en la misma bolsa. Esta la dejo abierta sobre la mitad de la litera - que al ser doble es muy ancha -, de forma que tengo todo muy a mano, y perfectamente localizado.
A continuación, nos hemos tomado un refresco, y empezado una agradable charla de reencuentro entre viejos amigos, de amigos de hace cincuenta años.
A las 18.20 HRB hemos salido los cuatro en la zodiac, nombre genérico de los botes auxiliares, hacia el muelle. La luz era característica del atardecer, con sus típicos tonos rojizos. Cerca de donde amarramos estaba aparcado el coche de alquiler con el que nos hemos dirigido hacia Philipsburg, la capital de la parte holandesa de esta isla. En Maho, uno de los núcleos de población de esa zona, hemos cenado en Bamboo, un bar-restaurante asiático, en el que hemos tomado dumplings, rollitos y sushi de varios tipos, crispy calamari y yucca fries, todo ello regado con cerveza y mojito. En este bar-restaurante hemos encontrado una amable camarera italiana que desde hace años trabaja aquí en invierno, y en Ibiza en verano.
Eran las 21.00 HRB cuando hemos regresado a bordo, quedándome charlando con Ignacio hasta las 23.45 HRB, siempre acompañados de una buena copa.



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